miércoles, 28 de mayo de 2008

Zafón grita libertad entre los barrotes de su nueva novela


Título: 'El juego del ángel'
Autor: Carlos Ruiz Zafón
Editorial: Planeta (24,50 euros. 667 páginas)

Todo laberinto tiene su minotauro”, revela el viejo Isaac, guardián del Cementerio de los Libros Olvidados, a un atribulado David Martín antes de que se aventure por las galerías de este misterioso lugar. Después de leer ‘El juego del ángel’, el esperadísimo retorno de Carlos Ruiz Zafón al tajo editorial, uno se pregunta cuál será el monstruo que acecha al escritor en el dédalo de su cotidiano deambular, para haberle hecho sucumbir a la complacencia en esta, no obstante y ante todo, interesante novela –¿el miedo al fracaso si hubiese antepuesto su desbordante talento literario a las exigencias del mercado editorial, tal vez? Al fin y al cabo, son legión los grandes escritores que, en algún momento de su carrera, han sometido su genio al convencionalismo de la popularidad, inventando productos tan eficientes como insustanciales, a modo de peaje para una libertad creativa permeable a los dividendos que, una vez el riñón cubierto, fluye en majestad sorprendiendo a unos y decepcionando a muchos. ‘¡Hay que vivir!’, es el lema de muchos de estos mercenarios de las letras –y si es con desahogo, mucho mejor, se imponen los más procaces–, pero si como imagino, bulle en su interior el magma de la gran literatura, ésa que es imperecedera aunque no ecuménica, como percibo en el caso de Ruiz Zafón –y basta con echar un vistazo desprejudiciado a su producción anterior a ‘La sombra del viento’ para comprobarlo–, es de esperar que, tarde o temprano, la inercia del cuerno de la abundancia le permita ofrecer a los amantes de las letras una buena ración de ese genio que se agazapa burlón entre los párrafos inertes de ‘El juego del ángel’.
Ruiz Zafón se vuelve a pertrechar para esta aventura literaria de las herramientas precisas para recorrer los universos del romanticismo, el folletín decimonónico, la novela gótica y el impresionismo cinematográfico, invocando a sus fantasmas en un aparatoso banquete fáustico. A la cita acuden prestos los fantasmas de Dickens y su peculiar concepto de la justicia poética, el tremendismo emocional de Dumas, el terror atávico de Shelley, Stocker o Becquer; las atmósferas tormentosas y amenazantes de Schiller o el Duque de Rivas; los claroscuros que impregnaran las intrigas de Poe, o el tenebrismo de la mejor novela gótica, con Walpole, Maturin o Radcliffe a la cabeza; y por supuesto, la presencia innegable del genio de Goethe. Referentes literarios de categoría que se mezclan con evidentes préstamos de las peores versiones cinematográficas sobre el mercadeo de almas, a saber ‘El corazón del Ángel’, de Alan Parker, o ‘Pactar con el diablo’, de donde Zafón escoge descarados recursos argumentales para insuflar tensión a su relato en pasajes de la novela como la sensación de Martín de habitar en el cuerpo de otra persona, o las extrañas y oportunas muertes de quienes se interponen en el camino que marca el intrigante Corelli al incauto protagonista. La profusión de escenarios sombríos y amenazantes, la ambigüedad de los personajes –de la que sólo se salvan Sempere, la maravillosa Isabella y el impagable Don Basilio, desbordantes de humanidad y naturalidad- y un medido toque sobrenatural dotan a la novela de los elementos necesarios para urdir una trama apasionante que despierta el interés del lector de la primera a la última página, la cual se convierte en implacable guardesa de un final indeseable que, al menos, oculta la agridulce esperanza de lo que vendrá en la siguiente entrega, que espero no se demore otros siete años. Sin embargo, es complicado eludir los innumerables orificios por donde se desangra una historia inanimada, sobrada de asepsia y a ratos dolorosamente previsible, lastrada por un exceso de referentes que la convierten en un trivial ejercicio de diletancia que subyuga un argumento a priori original que, sin embargo, se diluye como un azucarillo en un mar de artificio, resuelto eso sí con admirable técnica, prosa pulquérrima y cuidado estilo.
Aunque, en honor a la verdad, con un buen argumento, estilo sencillo y comprensible, gran sentido del ritmo narrativo, diálogos ágiles y reveladores, precisas dosis de tensión, sentido del humor y humanidad; todo ello situado en un escenario reconocible o, al menos, accesible, con personajes y situaciones verosímiles maceradas con certeros toques de fantasía y descripciones profusas pero no arduas y, sobre todo, congruentes y elucidas, no es difícil captar adeptos y, visto lo visto, resulta incluso saludable que el común de los mortales encuentre el camino de la lectura con este libro. Debo ser ecuánime y reconocer que ‘El juego del ángel’ es una novela tan atractiva como absorbente, un artificio de precisión en el que no sobra ni una coma; listo para ser leído de una tacada y disfrutarlo sin ambages.
La trama: David Martín es un escritor que despilfarra su enorme talento en noveluchas de intriga que firma bajo seudónimo, por encargo de un par de editores con pocos escrúpulos y demasiado codiciosos. El serial alcanza un insospechado éxito y decide entonces escribir la novela de su vida, que resulta ser un fracaso al verse ensombrecida por la obra de Pedro Vidal, un destacado miembro de la adinerada burguesía catalana de principios del siglo XX, además de su amigo y protector. El descenso a los infiernos de David se ve espoleado por la traición del propio Vidal, quien le roba al amor de su vida, Cristina, y por la certeza de una muerte segura y cercana a causa de un cáncer recién diagnosticado. Resignado a su suerte, Martín decide entonces atender las reiteradas llamadas de un misterioso editor parisino que le ofrece una generosa cantidad de dinero y la posibilidad de seguir viviendo a cambio de que escriba un libro como jamás se ha hecho. A pesar de lo extravagante de la obra y de lo inquietante de la oferta, Martín acepta y, desde ese mismo momento, será víctima de un formidable complot en el que nada es lo que parece y donde la muerte acecha por doquier.
El alma: Pero ¡cuidado! La novela tiene trampa. Déjenme que descubra ahora ese espíritu burlón al que me refería al principio y perdóneseme la audacia al revelar una sencilla sospecha.. Pero creo que esta historia es un exorcismo para el propio autor, empeñado en revelar al lector perspicaz su alma despojada del artificio comercial que tiraniza la obra enferma de éxito. Para un animal literario declarado como Ruiz Zafón debe ser muy pesado el yugo del convencionalismo impuesto por la popularidad, que limita inevitablemente la libertad creativa en beneficio de lo comprensible y superficial. Y David Martín se me antoja trasunto del autor cautivo de su circunstancias en una genial metáfora de esa prisión de marfil, decorada del amargo sarcasmo empleado en el grotesco tratamiento que dispensa a la mayoría de sus personajes; en el afán didáctico respecto al oficio de la escritura; y en el maravilloso combate dialéctico que mantiene con su joven ayudante, Isabella, y el conspicuo Sempere, perfectos antagonistas del autor-personaje pusilánime en su huida de la mezquindad que amenaza con aniquilarlo. ‘El juego del ángel’ se convierte así en un magnífico ejercicio de metaliteratura purificador de su genio literario, una protesta soterrada hacia sí mismo, hacia su aceptada condena, amén de una exquisita alegoría del sometimiento del autor a los rigores del mercado, culminada con ese trágico homenaje a la inmortalidad de la memoria y de los hechos, a pesar de que el alma se haya convertido en relleno de marioneta.
Y Barcelona. Es imposible acabar esta reseña sin hacer mención al gran escenario de ‘El juego del ángel’. La ciudad literaria por antonomasia, hechicera de escritores que han rendido sus genios ante su embrujo: Mendoza, Marsé, Vázquez Montalbán, Casavella y tantos otros han glosado sus rincones y han hecho deambular a sus personajes por ellos, en busca del amor o la muerte. Ruiz Zafón se suma a esta cohorte de rapsodas para rendir homenaje a la ciudad y a quienes la han dotado de alma. En ‘El juego del ángel’ volvemos a una Barcelona sincrética, en la que miseria y lujo se dan la mano para naturalizarla. Sórdidos callejones, inhóspitos cuartuchos en decrépitas pensiones, lujosas casonas que esconden mil y un secretos, monumentos que contemplan impávidos el bullir de sus gentes, rincones escondidos donde se emboscan el peligro y el deseo… Barcelona evocadora que el escritor convierte a la vez en el tablado donde se representa este magnífico retablo de marionetas y en ese inmensurable Deus ex machina que mueve los hilos de unos títeres privados de sus destinos.

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