miércoles, 14 de julio de 2010

Efectos del destrozo climático en Caniculandia I. El mendigo faltón.

En una calle secundaria de Caniculandia -las principales, ya se sabe, están donde siempre, mientras que las secundarias pueden ser cualquiera- un mendigo insulta a los viandantes. De rodillas hincado frente a la puerta de un supermercado, comparte tajo con otros dos menesterosos de allende las fronteras. Tiene la mano tendida al respetable y unas monedas roñosas se distinguen sobre una palidez casi nívea. Gasta perilla y greñas. Altivo y solemne, observa con desprecio a quienes sólo soportan el calor. Y cuando pasa por delante alguien en pantalón corto le insulta sin clemencia: '¡MARICOOON, ponte pantalón de hombre!' El detalle es que en Caniculandia casi todo el mundo enseña las piernas en mayor o menor porcentaje, y siendo una hora en la que la calle es bastante transitada por los caniculinos, las diatribas son constantes, llenando con sus imprecaciones estentóreas el bochorno de la mañana. Incluso hubo quien le dio limosna.

martes, 9 de febrero de 2010

País de cadáveres

El 45 por ciento de la población alfabetizada en España declara no haber leído ni un solo libro el año pasado (ni nunca). Una buena parte del 45 por ciento restante confiesa hacerlo en ocasiones y consume lo que impone el mercado, es decir narrativa de fácil comprensión, directa y sencilla. Sólo un magro porcentaje asegura tener la lectura entre sus hábitos y muestra unos gustos más variados. Estos son los datos del estudio anual que realiza la Federación de Gremios de Editores de España, hecho público esta misma semana y que confirma una tendencia que no ha variado durante la última década: los españoles leen poco, rápido, como pasatiempo y por afinidad.
La literatura como entretenimiento y no como instrumento para el conocimiento y la reflexión o como estímulo emocional. Esa es la realidad inexcusable y un signo de la aniquilación de la curiosidad. La lectura deja de tener utilidad para convertirse en un mero divertimento. Y toda la estructura de la obra literaria se adapta a las necesidades del consumidor: mensaje sencillo, estructura esquemática, tramas comprensibles y ritmo ágil.
¿Por qué no lee la gente? Aunque todo influye en la decisión final, no creo que el precio de los libros (hoy es posible conseguir ejemplares a cualquier precio), el formato (quien no lee el papel no creo que lo haga en una pantalla) y los contenidos (hay para todos los gustos) sean determinantes en el interés de los ciudadanos por la lectura. Me inclino más por el desprecio hacia todo aquello que no proporcione unos beneficios inmediatos, y la lectura es un ejercicio de largo recorrido que exige una atención y, por lo tanto, un esfuerzo que no requieren otros medios de entretenimiento como el cine, la televisión o Internet.
La pereza que atenaza la voluntad del ciudadano que dedica la mayor parte de su tiempo a las exigencias cotidianas, le hace descartar actividades que supongan un sacrificio extraordinario en su tiempo de ocio. Dos datos incluidos en el estudio mencionado corroboran esta conclusión: las amas de casa son las que menos leen y, en cambio, aumenta el índice de lectura entre lo parados. Por lo tanto, cabe pensar que ocupación y lectura son incompatibles, pero nada más lejos de la realidad porque el auténtico motivo de esa indiferencia es la concepción de la lectura como un esfuerzo poco recompensado como corolario de la ausencia de hábito causada por una formación intelectual fallida.
Si el libro deja de ser un instrumento útil para la búsqueda de información durante el proceso educativo, es muy complicado que, superada esa etapa, se experimente el placer de la lectura. Y no creo que la introducción de los nuevos instrumentos tecnológicos en el ámbito educativo como medio didáctico sea el problema, sino el uso que se hace ellos. Internet es un medio muy apropiado de obtener la información necesaria para adquirir determinados conocimientos y mejorar la formación de los estudiantes; pero su empleo exclusivo reduce la perspectiva de los conocimientos, merma la capacidad metodológica, restringe el sentido analítico y obstruye la dimensión crítica, restando perspicacia al investigador y anulando su curiosidad. Muchos habrán que consideren que no es necesario leer todo un estudio sobre cualquier disciplina si en Internet es posible encontrar una síntesis adecuada a las exigencias de la materia que se les imparte y de quien la enseña. Y es cierto que es el medio más sencillo y rápido para obtener la información precisa para cubrir unas necesidades, pero con ello se renuncia a unas expectativas de conocimiento que sólo la lectura de las obras editadas en papel puede ofrecer. Por mucho que les pese a algunos, las bibliotecas siguen conteniendo mucha más información de la que se puede encontrar en la red (al menos de momento), y el proceso investigador pasa inexorablemente por esos lugares si es que se quiere poseer una visión lo más completa posible del asunto que se estudia. Complementar ambos medios revierte en un enriquecimiento del método científico y, a la vez, inculca el uso del libro como instrumento imprescindible para alcanzar la excelencia.
Y ello sienta las bases de un aprecio futuro por la lectura, al concebir el libro como algo familiar y no como ese objeto hostil que exige un esfuerzo agotador, que sólo se realiza por convencionalismo social o necesidad laboral. Es necesario entablar una amistad con el libro que sólo se puede conseguir cuando comienza el proceso educativo y, por supuesto, no sólo en la escuela.
Saber leer es, por eso, fundamental. Y me refiero a extraer todo el jugo al contenido de un libro, comprender el mensaje, la intención del autor, etc. No importa si lo que se lee es más o menos fútil, si el lector asimila el libro como una fuente de placer. Las preferencias por la literatura sencilla y directa no deben alarmar a nadie, pues ahí está la llave que permite el acceso al universo de las letras. El reto es lograr que cada vez más gente lea, y ya llegará el día en que esos lectores poco exigentes decidan explorar espacios literarios más complejos y descubrir así nuevas sensaciones además de obtener la íntima satisfacción por entender lo que leen. Es un proceso de superación que modela la capacidad intelectual del ciudadano y estimula su curiosidad por el camino de la audacia.
Sólo así es posible formar un espíritu crítico en la sociedad y dejar de ser ese país de cadáveres exquisitos y obedientes que desean los políticos para preservar su poder a costa del empobrecimiento cultural de su pueblo. Una sociedad instruida y curiosa abomina las doctrinas y los paradigmas, exige ser escuchada para exponer sus quejas, reproches y opiniones, y desarrolla un sentido crítico que la convierte en la auténtica juez de quienes les intentan gobernar. En definitiva, una sociedad que lee es una sociedad mucho más libre.

jueves, 21 de enero de 2010

Suerte

Supo que la suerte visitaba su barrio y salió a su encuentro, pero entre la muchedumbre que también la buscaba no supo reconocerla, pues jamás la había visto antes.

sábado, 2 de enero de 2010

Uno de los nuestros

Tomaba café en la atestada terraza de un emblemático local del centro de la ciudad, cuando a una mesa cercana a la mía en la que se sentaban un grupo de esos estetas que parecen siempre recién salidos de algún encuentro trascendental con la intelectualidad se acercó un joven que, de inmediato, identifiqué como uno de ellos tanto por el desparpajo con el que se desenvolvía como por la familiaridad con la que parecía dirigirse al grupo. Sin embargo, el rictus de asco que dibujaron los labios del que ejercía de icono de la tribu mientras extraía con elegante parsimonia un papel de fumar de una extravagante cartera de cuero, me hizo notar que algo no cuadraba en semejante epifanía. Aquel tipo de sonrisa diáfana y gestos triviales, desaliño cuidado en el vestir y aspecto aseado con ese toque categórico que define a quienes contradicen su manifiesto desapego por la tiranía de la moda con una científica armonía en la combinación de prendas y colores, era un extraño en el extraño universo diseñado por sus sorprendidos interpelados, quienes visiblemente apurados no sabían encontrar el tono preciso para modular esa soberbia ingenuidad que anima su cínica cordialidad. Desconcertada, una de las criaturas que escuchaban lo que quisiera que estuviese relatando el intruso aterrizó en la realidad y le alargó unas monedas.
El joven agradeció el gesto y recorrió las mesas representando su tragedia con no poco éxito. No puedo reproducir aquí sus palabras porque a la mía no se acercó, pero hubo quien incluso osó a entablar conversación con el mendigo y, por sus gestos, intuyo que sus palabras expresaban una preocupación inusitada entre quienes se las han de ver con estos actos de miseria. No era compasión, sino estupor lo que se transcribía en las caras de quienes recibían las explicaciones. Y todos se rascaron el bolsillo. Quizás, como yo, vieron en aquel chico una probabilidad, y sintieron pánico. No estamos preparados para ver la miseria cebarse en uno de los nuestros, a ver el fondo del abismo.
A mí no me pidió dinero, pero se me quitaron las ganas de gastar.

sábado, 12 de diciembre de 2009

Percepción del fin de los tiempos

Llegado a este punto en el camino de la vida y consciente de que me quedan no más de cuarenta años de existencia, en el mejor de los casos y siempre que el azar no lo impida, sólo la certeza de que mis ojos no verán la demolición del planeta alivia el desconsuelo que me produce comprobar cómo los gobernantes que nos hemos elegido son incapaces de evitarlo. Lo lamento por todos esos niños a los que les imponemos la condena por un delito, el de nacer, del que no son responsables. Por eso propongo que se les eduque en el arte de la depredación; que sean partícipes desde el principio de sus días en el proceso de destrucción al que sus padres se dedican con cotidiana entrega; borrar de sus registros todo valor de solidaridad y tolerancia e inculcarles el necesario sentido de lo individual donde sólo importa crecer y no proliferar. Así, en unos años, las generaciones serán más magras y los que sobrevivan podrán aprovechar mejor los menguantes recursos que ofrezca el planeta. Y de esa forma, llegará el momento en que la humanidad evolucione hacia su propia extinción y logre así el supremo fin de su naturaleza: ser dueña de su propio destino y no permitir que sea el edificio que la alberga el que con su desmoronamiento la aniquile.
Mientras llega el momento, sigamos jaleando a los arquitectos del caos, miremos hacia otro lado mientras la casta dominante insiste en su empeño en preservar sus privilegios y atesoremos todas las riquezas posibles en nuestros pequeños universos antes de que lo hagan los demás. Así ganaremos en poder e insignificancia. Ningún ser vivo nos lo reprochará; al contrario, todos los que carecen de la facultan de razonar asumirán resignados el destino que elijamos y quizás, cuando lleguen los tiempos de oscuridad, sean los que hereden nuestra carroña.
Mientras tanto, que siga el festín. Al fin y al cabo, si alguno de los productos de nuestra perpetuación decidiera reprochárnoslo tendrá que hacerlo sobre frías lápidas o gritar al viento su desprecio. Para entonces, no seremos más que un recuerdo, un sencillo epígrafe en los libros de Historia o todo un volumen en la enciclopedia de la estupidez.

jueves, 3 de diciembre de 2009

El imperio de la decencia o la paradoja de la libertad

Es posible que esté equivocado, pero no recuerdo que el rey haya acudido alguna vez a un mitin o haya sido agasajado por un partido político, ya sea directamente o mediante alguna de sus fundaciones paralelas, antes de que esa fábrica de doctrina y paradigmas conocida como Faes se atreviera a convocarle para recoger un premio por su labor en aras de la libertad. No me extraña el caso, acostumbrada como está la derecha española a apropiarse y administrar a su antojo todos los símbolos de su nación -eso sí, siempre que la gestión quede lo suficientemente lejos de cualquier convocatoria electoral cuyo resultado establezca un escenario en el que los pactos con nacionalistas sean una opción-, pero sí que me duele observar la complacencia con la que mucha gente que tengo por sensata ha aceptado esta nueva muestra de cinismo y, por contra, comprobar una vez más con qué ufanía ensalzan el suceso los portavoces del conservadurismo calificándolo como un rasgo de normalidad democrática y ocultando astutamente la reacción que hubiesen mostrado en el caso de que el monarca -o su gabinete, que para eso está- agradeciera y sin embargo rechazara el homenaje. ¿También lo considerarían un rasgo de normalidad democrática o se lo reprocharían con ese discurso melifluo tan socorrido que emplean para etiquetar a todos aquellos que no aceptan su verdad revelada? Desde luego, me inclino por lo segundo.
La presencia del rey en semejante escenario confirma que el estado del miedo en el que han sumido a la sociedad esta pandilla de sofistas es patente, y si no se hace nada por remediarlo es muy posible que la deriva conduzca a la esclerotización de la voluntad y del sentido crítico. Una situación que con solo echar un vistazo a la Historia de España -algo que, por desgracia, no se hace con toda la frecuencia que sería necesaria- revelaría un enorme catálogo de peligros que se ciernen sobre nuestra joven estabilidad democrática, encabezado por la alienación de una sociedad cada vez más indiferente, adocenada e ignorante. Es el terreno perfecto para edificar el autoritarismo y la exclusión, por supuesto disfrazado de democracia.
Pero la democracia tal y como se concibe en España no es más que un juego en el que al pueblo sólo se le deja tirar los dados, como un requisito indispensable para mantener una imagen aceptable ante lo que algunos se empeñan en llamar mundo libre. Sin embargo, este es un juego adulterado, con los dados trucados, pues quien los arroja carece de el elemento fundamental para que todo funcione: sentido crítico. El jugador ya no es libre desde el preciso momento en que concibe como dogma las propuestas de cada partido; y así, cautivo, se convierte en adepto ya sea por esa obediencia esencial que caracteriza a los débiles de espíritu o por conveniencia. En medio de esa masa creciente de fieles se encuentran quienes aún poseen la virtud del análisis que confiere una voluntad intacta, aunque esa minoría instruida es cada vez más impotente debido a un sistema electoral que dispersa el voto.
Esa debilidad permite el esperpento y, así, aún no hemos sido capaces de colocar al franquismo en el lugar que le corresponde, considerando su vigencia como una expresión folclórica inofensiva. Y mientras tanto, la cobertura que la nueva extrema derecha concede a diario a ese tipo de ofensas da lugar a que aún se le conciba como una opción viable y se representen viejas escenas de exaltación de aquella dictadura con el beneplácito de la Iglesia católica y no pocos miembros de esa derecha democrática que se muestra comprensiva con ese pasado abyecto, apelando a una libertad pervertida y, sin embargo, amparada por la ley.
Nunca el espacio público se había mostrado tan cautivo de la sinrazón, asaltado por lunáticos que ejercen de salvaguardas de la decencia y los intereses de políticos ávidos de poder. Y si ya es preocupante la proliferación de medios de comunicación obsecuentes que hacen de la aporía su razón de ser por motivos partidistas o económicos, más lo es que instituciones públicas como las universidades se suban al carro y programen actividades en las que participan este tipo de personajes, movidas por la necesidad de convocar cuanta más audiencia mejor y justificar así la inversión menospreciando la verdadera naturaleza de su propuesta, que es tan sencilla como la formación de ese espíritu crítico y analítico tan raro hoy en día mediante la exposición de ideas -no paradigmas- y el debate constructivo -no la discusión tabernícola- con el objetivo de alcanzar puntos de encuentro que permitan a la sociedad acceder a una información lo más fidedigna posible y establecer las cuestiones precisas que conduzcan a la reflexión. Pero no es así. El prestigio de las convocatorias se mide por audiencias y así no vamos a ninguna parte.
Es cierto que todo el mundo tiene derecho a expresarse con libertad, pero no a hacerlo donde le plazca. Son quienes gestionan los foros públicos los que deben establecer los criterios para acceder a ellos y, si bien, siempre queda la oportunidad del debate, han de ser los ponentes quienes se responsabilicen de sus ideas siempre desde el rigor académico que confiere el conocimiento de la materia que se trate o eso tan denostado hoy en día por poco conveniente, tal es la autoridad. El foro público debe estar libre de dogmas o, al menos, éstos deben ser presentados como rebatibles y, sobre todo, aceptar esa controversia. Todo lo demás es abonar el desconcierto, estimular la militancia y, por lo tanto, renunciar a la libertad.